miércoles, noviembre 22, 2006

La otra "cara"

Visito con frecuencia la columna de Arturo Pérez-Reverte en el XLSemanal. Con la versión dominical/dominguera de mi estimada Voz De Galicia, cumplo el mismo ritual desde hace muchos años: primero Arturo y su Patente de Corso en el mencionado suplemento, segundo Cristino Álvarez y su clase de gastroarqueología en el extra dominical de La Voz. Estos primeros 15 minutos del día son los encargados de abrirme a la vez las compuertas del cerebro y del estómago. Un lujo.
Sin embargo este domingo no pudo ser. Los motivos no vienen a cuento y además, a pesar del enorme interés que pueda suscitar, no pienso hablar de mi vida privada. El resultado es que me reído 72 horas más tarde que los demás de las desaventuras escoriales del ultramarinista. Dicen que quien ríe último ríe mejor; no fue el caso.

Porque ni él, ni lo que escribe va a misa: que sea habitualmente suculento no implica que tenga fe en su corte de mangas hebdomadario. Mi gusto hacía su columna/personaje es puramente cerebral, sin admiración ni indulgencia (para decir la verdad, ni siquiera me he bajado su película). Al contrario.
Así que cada domingo vuelvo a examinarlo con el añadido de que mi ansia al saltarme el bloc del cartero y dar marcha atrás al ver la cara del insufrible Prada es altamente proporcional al placer que me habrá procurado Arturo el domingo anterior.
Y si bien el placer provocado es variable - con media alta -, hoy he pasado la página (topándome otra vez con la maldita cara del diseñador no-inteligente) con unas sensaciones mezcladas: Si pero no. Me he reído, he pronunciado en voz baja el inevitable "gilipollas" de cuando hace su aparición el tonto de la columna. Pero me ha quedado un sabor agridulce en la boca. Y sin amuse-gueule de Cristino para mojar. Ahí iría mi respuesta, si yo fuera aquella guía:

Cuento El Escorial. Es mi trabajo pero también mi pasión. La cosa viene desde los 15 años, cuando mis padres decidieron instalarse en frente, como le llaman a San Lorenzo. No había día que no diera un paseo por sus alrededores: un paseo agradable, sobre todo en las mañanas soleadas de invierno, cuando el monasterio se recorta impasible bajo el cielo limpio de la sierra, sin que la especulación, la estupidez urbanística o la bellaquería nacional hayan podido, todavía, destruir los cuatro siglos de memoria que encierran sus muros venerables de granito gris. Después de tanto tiempo paseando por sus salas, escaleras y corredores, es normal que cualquiera acabe familiarizándose con el edificio y su historia.
Por eso, cuando venían amigos de mis padres a casa, acostumbraba, con el consiguiente orgullo de mis progenitores, a acompañar a quienes no habían visitado aún el monasterio. A unos los impresionaba la sobriedad de las tres pequeñas estancias desde las que Felipe II dirigía el imperio más vasto y poderoso de la tierra, y a otros la sala de batallas o la biblioteca; pero cuando todos quedan estupefactos, y en especial los guiris, es al bajar a la cripta donde, desde el emperador Carlos hasta ahora, reposan los restos de todos los reyes de España.

Al cabo de unos años, con toda naturalidad, acabé de guía oficial, después de haber pasado el pertinente examen y pagado las impertinentes tasas. Llevo unos 10 años ejerciendo como tal y mi gozo sería completo si no tuviera, como muchos otros profesionales, que luchar contra 2 elementos de devastadora combinación: cada vez menos clientes y más intrusismo.
- Menos clientes porque la cultura hoy en día ya no se valora. Y nadie paga por lo que no valora. Hoy en día, se visita El Escorial por obligación: porque está en una guía o folleto que dice que hay que visitarlo, porque no podrás volver a casa diciendo que no lo has visto, porque por mucho que no pisen un sólo museo en su propia ciudad, cuando están fuera los guiris no se pierden ni uno.
Pero obviamente la inmensa mayoría pasa del guía y se conforma con lo que le indica una pantalla o un cartel (mejor lo primero sobre todo si tiene un muñeco-logo cursi), a condición de que no supere las 8 lineas.
- Más intrusismo porque hay gente profesional que quiere ir de listilla y ahorrarse el examen, las tasas, los autónomos y otras obligaciones del que dice que "somos todos". Aunque hay otro intrusismo mucho más doloroso a mi entender: el de unos cuantos aficionados que aprovechan el bajo bagaje y la nula exigencia cultural de unos visitantes más interesados en comprobar si el vino está incluido en el menú del mediodía que en los guanteletes de Don Juan de Austria. A esta gente, el guía pirata le suelta 3 datos históricos, muchas anécdotas tipo sobremesa televisiva sobre, por ejemplo, la única reina varón – Francisco de Asís de Borbón - de quien dice, con media sonrisa en la boca, que con mucho esfuerzo de voluntad se le supone padre del rey Alfonso XI. Y nuestros turistas están encantados.

Yo no. Por eso he consensuado con los responsables del recinto una caza implacable a estos verdaderos piratas de la cultura (no como los que no quieren rellenar los bolsillos de la $GAE).
Hace unos días, un vigilante del recinto, haciendo caso a las ordenes de la dirección sin que sea esta realmente su competencia - todo hay que decirlo - le llamó la atención a un varón que estaba explicando con múltiples detalles todos los secretos de mi monumento a una pareja de unos 50 años. "Otro de estos que quieren ejercer sin carné" pensó el guarda jurado. "A estos los contratan las agencias porque cobran menos que los oficiales y después nos toca a nosotros hacer el trabajo sucio." masculló. Sin embargo, cuál no fue su sorpresa al oírse contestar por el supuesto infractor que no era guía sino amigo de la pareja en cuestión. "¿Un listillo con excusa traída de casa? O un tío realmente culto" se preguntó. Además de que lo primero era estadisticamente más probable, el pobre vigilante, pagado para discernir un alborotador, un ladrón o un vándalo de un simple visitante, se encontró preso de la duda: "Si lo dejo hacer, igual la guía me llama tonto por tragar con el sapo y me echan. Visto el euribor, mal momento. Y si es realmente amigo, como parece ser por la ausencia de sorpresa en la cara de la pareja cuando se presentó como tal, dudo que acepte que le mandé callar." Al final, el vigilante optó por la solución de toda la vida: "El que está no manda, y el la que manda no está. A mí me mandan para que no deje a personas que no están en posesión del carné de guía ejercer como tal." Se daba cuenta de lo absurdo de su respuesta al mismo tiempo que las palabras se escapaban de su boca y la cara de su interlocutor cambiaba de semblante. Este se puso entonces a hablar de sus cojones, propuso que se le pegase un tiro, hizo la clásica mención a la constitución, soltó una parrafada sobre la libertad y se fue.

Cuando el guarda jurado vino a contarme el incidente, me dí cuenta de inmediato de que se había equivocado de presa; el clásico exceso de celo de una persona a la que enseñaron a obedecer en lugar de pensar. Pensé entonces en correr detrás de aquel "guía profesional con otra profesión" para presentarle mis más sinceras disculpas y exculpar al vigilante. Pero pensé de inmediato que una persona tan culta y tan enamorada del Escorial habría entendido perfectamente que pusiéramos tanto (en su caso demasiado) énfasis en proteger la calidad de la información ofrecida a los visitantes. Incluso me imaginé que compartía nuestra preocupación por evitar el intrusismo. Por seguramente tener él también una profesión relacionada con la cultura en la que se le habrá intentado colar muchos cantamañanas. Y sobre todo, no dudaba un instante que aceptaría el incidente como daño colateral y no montaría ningún escándalo por/con ello.

Un saludo Arturo, nos leemos te leo.

P.D.: No entrecomillo los extractos de Arturo Pérez-Reverte incluidos en la carta, ya se notan por la diferencia de estilo.