jueves, febrero 02, 2006

Copypaste: El dogmatismo de la flexibilidad

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TRIBUNA: FÉLIX OVEJERO LUCAS

El dogmatismo de la flexibilidad

Félix Ovejero Lucas es profesor de Ética y Economía de la Universidad de Barcelona.

EL PAÍS - Opinión - 30-01-2006

Justo hace ahora cuatro años. Quizá algunos lo recuerden. La policía de Washington andaba detrás de un francotirador de quien, a ciencia cierta, lo único que sabía era que poseía una furgoneta blanca, varios rifles y un manual para francotiradores. Entre los cuatro millones de habitantes de la ciudad, sólo 10 cumplían los requisitos. Eso quería decir que nueve de ellos eran inocentes. La probabilidad, por tanto, de que una persona propietaria de esas cosas fuera inocente era 9/10, cosa bien diferente de la probabilidad de que una persona inocente fuera propietaria de esas cosas, 9/4.000.000. Confundir las dos probabilidades, en un juicio, puede tener graves consecuencias. Sin embargo, jueces y tribunales, a veces, las confunden. También los médicos, en ocasiones, confunden la probabilidad de que teniendo cáncer se dé positivo en una prueba y la probabilidad de que dando positivo se tenga cáncer. Y muchos de nosotros no reparamos en que no es lo mismo la probabilidad de que un delincuente sea extranjero que la probabilidad de que siendo extranjero sea delincuente. Otro tanto vale para la relación entre terroristas y musulmanes.

A juicios como los dos últimos, por lo común, les llamamos prejuicios; a los otros, no. En todos los casos se da lo mismo: una opinión no correctamente fundada en la evidencia disponible. Con algunos matices, el error en el razonamiento no es de distinta naturaleza, pero sólo en los dos últimos ejemplos tenemos una disposición a atribuirlo a "razones políticas". Lo que no siempre es verdad. Muchos de esos errores tienen un base biológica, están "programados", por así decir, en nuestras redes neuronales. Simplificar, a veces, es necesario. Cuando, en mitad de la noche, nuestros antepasados de la sabana escuchaban un ruido, podían salvar su vida si se ponían a correr ante la posible presencia de un depredador. Su razonamiento no era impecable. Muchas cosas podían producir el ruido y la evidencia era limitada. Sin embargo, en muchas ocasiones, esa manera de razonar les ayudó a sobrevivir.

Hay muchos ejemplos de tales automatismos, de tales respuestas precipitadas. Y erradas. Cuando nos formamos una opinión, y a una primera observación levemente favorable le sigue una segunda más concluyente, tenemos una natural disposición a quedar convencidos de que estamos atinados. Si, por cualquier circunstancia, el orden hubiera sido el inverso, y la segunda observación hubiese sido las más débil, tenderíamos a pensar lo contrario, a dudar de nuestro juicio. El simple orden de presentación, azaroso, ha decidido nuestras opiniones. Tampoco aquí se atisba sombra de mala fe por parte alguna.

Estas cosas conviene recordarlas antes de cargar las palabras, antes de empezar a hacer acusaciones sin ton ni son. El prejuicio, en realidad, no consiste en el juicio precipitado que cometemos todos, incluidos, por cierto, los estadísticos en buena parte de sus razonamientos cotidianos. El prejuicio aparece en un segundo momento: en la falta de disposición a dudar, en la resistencia a rectificar. La persona razonable, cuando se le muestra su error, corrige su opinión. Al cabo lo que nos interesa no es mantener nuestras opiniones, sino mantener opiniones correctas, lo que conlleva la disposición a someter nuestras ideas al escrutinio de los buenos argumentos y a cambiarlas a su luz.

La mirada prejuiciada se detecta en la transición entre opiniones. El caso más común es el de quien no transita, de quien no parece dispuesto a modificar un milímetro sus ideas. Ante nuevos datos, sólo registra los que refuerzan sus convicciones. Sus opiniones no son el resultado final de ponderar la información, sino la criba para seleccionarla o valorarla. No ve más que lo que quiere ver. Sólo le interesa el punto de llegada, la compatibilidad con su prejuicio. Entiéndase: el problema no es la opinión, que puede ser atinada, sino los pobres avales. No consideramos razonable a quien cree que la Tierra tiene un satélite "porque se puede leer en las entrañas de un pájaro", o a quien sostiene que todos los seres humanos tienen dignidad "porque está escrito en un libro sagrado". Sus opiniones resultan acertadas, pero no están justificadas. Si las entrañas del pájaro o el libro sagrado "dijeran" otra cosa, sostendrían otra cosa. Las entrañas, el libro o el secretario general del partido.

Casi todo el mundo conoce a doctrinarios de esa naturaleza. Pero hay otros que también se detectan en el tránsito entre opiniones y que, sin embargo, pasan desapercibidos. Si los anteriores se caracterizaban por su resistencia al cambio, éstos se identifican por su predisposición. Cierto día, sin que se sepa muy bien por qué, se levantan con ideas distintas de las que tenían al acostarse. Los cambios pueden ser más o menos graduales, pero lo que nunca hay es una explícita reconsideración de los propios puntos de vista, una exposición de las razones que han llevado a cambiar de opinión. Bastantes revisiones ideológicas son muestras ejemplares de este doctrinarismo.

Hay, sin duda, revisiones que revelan honestidad intelectual. Uno puede, razonablemente, cambiar sus opiniones políticas porque crea irrealizables los proyectos, entienda que la realización de los principios en los que siempre ha creído requiere de instituciones distintas a las que pensaba, o, más radicalmente, porque estima que su materialización conlleva consecuencias que, desde algún punto de vista, juzga intolerables y, en ese sentido, considera que debe reordenar la prioridad de sus principios. Son casos distintos que no necesariamente
conllevan cambios ideológicos, pero sí, casi siempre, cambios políticos. En todo caso, no hay aquí doctrinarismo ninguno. Al revés, hay claridad de juicio, capacidad para pararse a ponderar las bases de las propias acciones. Una tarea nada sencilla que requiere, además de honestidad, bastante coraje, sobre todo en un país en donde el entramado sectario tamiza las relaciones personales y los amigos de un día están dispuestos a llamarse traidores al día siguiente.

A esas revisiones sólo cabe elogiarlas. Pero son infrecuentes. Las más comunes tienen menos que ver con la lógica que con la psicología. Nos dicen más de las relaciones de uno con sus ideas que de la calidad de las ideas. La propia incapacidad para justificarlas se confunde con la falta de justificación.Sin razones se suscribieron y, sin mayores razones, se abandonan. En este caso la facilidad para cambiar revela dos dogmatismos. El inicial, la fragilidad de los cimientos que sustentaban las opiniones de partida, que está en la base del tránsito, y el final, la arbitrariedad de los motivos que explican los cambios. No son más poderosas las razones para caerse del guindo que las que hicieron pasar media vida en él. Enfrente de él no están las ideas que abandona, sino el monigote que alguna vez fue.

Obviamente, el dogmático del segundo tipo no puede admitir su condición. Es más, con frecuencia se muestra como el campeón de la flexibilidad mental. En realidad, la prueba que invoca, el cambio de ideas, lo único que muestra es que confunde la disputa intelectual con la autobiografía, la reflexión con el diván. Alguien podría pensar que el cambio tiene que ver con la madurez, con aquello de que quien a los veinte años no es comunista no tiene corazón, pero que quien lo sigue siendo a los cuarenta no tiene cabeza. No estoy seguro. Las cabezas juveniles están instaladas en la perpetua provisionalidad. Como si se tratara de neocortex lisos, se inauguran cada día. Las aguas recientes inexorablemente borran todas las huellas, sin que acabe por sedimentarse criterio alguno. Y sin criterios, no hay ni dudas inteligibles. Pensar requiere, antes que otra cosa, punto de vista, capacidad para cribar, para atender las razones. Sin plataforma desde donde mirar no cabe siquiera la idea de problema por resolver, idea que necesita un marco de preguntas y categorías. Sólo entonces se respetan las ideas, sólo entonces se pueden discutir, sólo entonces se está en condiciones de "destruir una idea sin rozar la piel de su autor", como reclamaba Bernard Shaw. Nuestros dogmáticos, día a día, peleando consigo mismos, acaban desollados. Eso sí, sin rozar una idea.